jueves, 26 de mayo de 2011

Un viaje por Marruecos

Un nuevo y caluroso día se adentraba por las pequeñas rendijas de la cremallera de la pequeña cabaña.
Yo me hice una bola: "Un nuevo y aburrido día." Pensé mientras me acurrucaba contra la incómoda almohada.
Tenía gotas de sudor por todas partes, necesitaba claramente aire fresco... pero mi apuesta me decía que no podía fallarle a mi familia... que tenía que encontrar el remedio para curar la extraña enfermedad de mi tía... bueno, que, ¿yo cómo iba a saber cuál era la rosa más roja de todas?
Me habían dicho que tenía que saberlo... por instinto.

Me levanté, me dispuse a salir de la tienda de campaña, y, cuando salí, vi como una terrible tormenta de arena se levantaba de la nada. Yo no sabía qué hacer, sólo que necesitaba un refugio... y grande...
Me dirigí corriendo a una casa cercana... y me ofrecieron té con pastas.
Me dijeron que en todo marruecos sólo había una rosa de un rojo puro, pero que es encontraba muy lejos, y que una vez que la arrancara, la flor moriría, y no podría salvarla.
También me dijeron que había una solución... pero que no lo sabría hasta llegar a final de camino, y que probablemente yo moriría en el intento... pero lo debería hacer si quería salvar a mi tía.
Les di ropa y comida, porque se veía una familia muy pobre, pero ellos a pesar de las pobrezas, me dieron un mapa, el camino, y más té con pastas.
Y ese mismo día me disponía a salir de esa parte de marruecos... cuando un sonido muy raro, como una onomatopeya de un animal, me hizo levantar la guardia.
Mine a ambos lados... pero nada. Ese extraño ser debería de estar escondido bajo la tierra, porque lo único que había era arena. Me dispuse a correr, pero algo, como una especie de cuerda muy gorda, me agarró y no me quería soltar. Todos mis esfuerzos eran en vano.
Me caí al suelo, y por más que intentaba liberarme no podía, pero algo me decía que debía seguir intentándolo.
Me tambaleé, me tropecé y me caí al suelo, pero sin embargo mi índole me decía que yo no podía parar de esforzarme, y que pronto mis esfuerzos darían fruto.

Me di la vuelta, y al fin pude ver a una víbora del desierto.
Las víboras del desierto son unas serpientes morrocotudamente grandes que se esconden entre las dunas. Algunas veces atacan a sus presas después de mucho esperar pero otras veces salta a su nueva víctima sin acechar.
Coma mayormente insectos muy grades u otros reptiles, pero se sirve un buen plato con carne humana.


Seguí con mi búsqueda de la flor roja, y vi un grupo de críos jugando con piedras al parchís. El tablero era un dibujo en la arena. Me dio mucha pena, y busqué en mis bolsillo, y aunque sólo encontré dos caramelos, se pusieron tan contentos que formaron un gran jolgorio, y yo me estremecí.

Seguí mi camino. Un gran silencio asomó entre el viento, y yo cerré los ojos, y el silencio me dotó de paz y tranquilidad.
La espesura apareció, y yo pensé: "¡Oh, no. La tormenta de arena me ha pillado en medio de la nada"
Me dejé llevar, y por un momento parecía que mi cuerpo se desvanecía en el aire, hasta que una mano amiga me agarró y tiró de mi con ímpetu.
El estrepitoso sonido de el viento chocando contra mis tímpanos, hizo que gritara con vehemencia. El anciano se sobresaltó, y del susto me soltó la mano, y yo salí volando hacia la nada. Tal era la altura que me hice una bola y cerré los ojos tan fuerte que no podía abrirlos ya, aunque quisiera.
Caí al suelo con rapidez, y una detonación de arena surgió de la nada.
Respiré hondo. La tormenta había disipado. Había sido la mayor tormenta de arena que había visto en las cuatro semanas que levaba allí. El anciano había sido muy intrépido al intentar salvarme, aunque no lo hubiera conseguido. Yo me encontraba con algunos rasguños, pero no tenía nada grave.
Seguí mi camino gracias a la brújula que no se me había caído, y finalmente llegué a una especie de palacio sin nombre, en el que me adentré.
Las entrañas del palacio se veían mucho más pobres que el exterior, y olían un poco mal.
Un anciano con las mismas ropas que el que había intentado salvarme se dirigió corriendo hacia mi, y se inclinó con ímpetu.
Gritó que era el hombre que me había intentado salvar, y que era el que me había acogido en su casa. El padre de los pobres niños que me encontré, y el dueño de la serpiente de la que pude escapar. Todo habían sido pruebas para ver si merecía la rosa roja.
Había pasado todas las pruebas, pero ahora necesitaba plantar la rosa roja. La última que existió murió, pero había dejado sus semillas.
Si las plantaba, cuando volviera a mi casa ya habría crecido y podrían salvar a mi tía.
Volvía en cuanto pude, y por el camino planté las semillas. Cuando volví, vi que mis esfuerzos habían sido en vano, porque mi tía ya estaba curada.
Mi hermano mayor había llegado al punto exacto mucho antes, y había dejado las semillas para mi... ¡Qué vergüenza pasé ese día!

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